Evangelio 3er. Domingo de Adviento, C

¿Qué debemos hacer?

Lc 3, 10-18

En aquel tiempo, la gente le preguntaba a Juan el Bautista: “¿Qué debemos hacer?” Él contestó: “¿Quien tenga dos túnicas, que dé una al que no tiene ninguna, y quien tenga comida, que haga lo mismo”.

También acudían a él los publicanos para que los bautizara, y le preguntaban: “Maestro, ¿qué tenemos que hacer nosotros?” Él les decía> “No cobren más de lo establecido”. Unos soldados le preguntaron: “Y nosotros, ¿qué tenemos que hacer?” Él les dijo: “No extorsionen a nadie, ni denuncien a nadie falsamente, sino conténtense con su salario”.

Como el pueblo estaba en expectación y todos pensaban que quizá Juan era el Mesías, Juan los sacó de dudas, diciédoles: “Es cierto que yo bautizo con agua, pero ya viene otro más poderoso que yo, a quien no merezco desatarle las correas de sus sandalias. Él los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego. Él tiene el bieldo en la mano para separar el trigo de la paja; guardará el trigo en su granero y quemará la paja en un fuego que no se extingue”.

Con estas y otras muchas exhortaciones anunciaba al pueblo la buena nueva.

Palabra del Señor

La alegría de darnos

Domingo tercero de Adviento (Lucas 3, 10-18)

Homilía Dominical: Fray Benjamín Monroy, OFM

El profeta Sofonías invita a mirar a Dios. ¿Cómo es su rostro? “Él se goza y se complace en ti; El te ama y se llenará de júbilo por tu causa, como en los días de fiesta.” Sorprendente: un Dios alegre y amoroso que se goza y se complace por nosotros. Cuando logramos ver este rostro amable se enciende el corazón de gozo.

La invitación al regocijo y la fiesta de Sofonías podría hacernos pensar que venía de un hombre a quien la vida le había sonreído ampliamente y que sus palabras eran el reflejo de situaciones que le permitía ser optimista. Pero basta leer un poco su libro para darnos cuenta de las terribles circunstancias por las que pasó. La alegría de la cual habla no nace de una vida cómoda, ha sido forjada en medio de grandes pruebas.

Algo semejante se encuentra en la segunda lectura. En ella hay una rotunda y masiva llamada a la alegría: “Alégrense siempre en el Señor; se lo repito: ¡Alégrense!”. ¿Quien hace esta invitación? ¿Un hombre que vive en un palacio y disfruta de una vida palaciega? No. Se trata de Pablo de Tarso, quien escribió esta carta a sus amigos filipenses cuando estaba en la cárcel. En su carta deja entrever la posibilidad de que su cautiverio termine en pena de muerte. Desde un oscuro calabozo y enfrentado a una posible muerte, les pide a sus hermanos en la fe: ¡Alégrense! La clave de su alegría está en la certeza de que Jesús está cerca. Es la certeza de Sofonías: “El Señor, tu Dios, tu poderoso salvador, está en medio de ti”. Cristo viene a traernos una alegría inesperada. Lo que se nos pide en este tiempo de Adviento es prepararnos para acoger lo imprevisible.

En contraste con las dos primeras lecturas y con este “domingo de la alegría”, el Evangelio tiene un tono severo y subraya las exigencias morales, lo que se debe hacer. Pone en primer plano las normas morales a las cuales debemos someternos. Las preguntas que la gente le dirige a Juan el Bautista están referidas al “hacer” y, además, a un hacer que se impone como un deber: “¿Qué tenemos que hacer?”. ¿Cuál es la razón de este contraste entre las dos primeras lecturas y el relato del evangelio?

Pienso que el evangelio nos quiere dar a entender que el Señor viene a inaugurar una fiesta, pero también a invitarnos a liberar el deseo de comunión que late en cada uno de nosotros y que puede transformar el mundo. Interpretado desde la invitación a la alegría, se trata de experimentar la serena alegría de dar y de darse.

Las personas que se acerca a Juan el Bautista son hombres y mujeres que, ante su mensaje, se atreven a enfrentarse a su propia verdad y están dispuestos a transformar sus vidas. Por eso la pregunta: “¿Qué tenemos que hacer nosotros?”. Desafortunadamente, a veces vivimos el cristianismo simplemente como una religión dedicada al culto, incapaz de provocar una transformación y reorientación nueva de nuestra existencia. El catolicismo ha venido a ser, con frecuencia, una teoría vacía de exigencia práctica. El padre Luis Eduardo Villarreal, creador de una casa de migrantes en Monterrey, contaba hace poco que le impactó lo que narraban migrantes centroamericanos en su paso hacia Estados Unidos: el lugar donde nos fue más mal, fue Monterrey. Y el padre comentaba: “En la catoliquísima Monterrey”. Mientras no pongamos atención en los aspectos prácticos de la fe, podemos celebrar este Año de la Fe —y muchos más— sin mayores resultados.

No se trata de hacer cosas extraordinarias. A la gente que le pregunta, Juan les dice que no permitan que nadie pase necesidad, si ellos pueden remediarla, con ropa, con alimentos. La invitación a compartir los bienes con los más necesitados, es siempre actual, especialmente en este tiempo de Adviento y de Navidad. Junto al compartir, Juan añade el cumplimiento ético del trabajo que realizamos: “No extorsionen a nadie ni denuncien a nadie falsamente, sino conténtense con su salario”. ¿Es mucho pedir?

Concluyamos. Lo primero que tenemos que hacer es convertirnos al evangelio, empezando por repartir y compartir con los necesitados lo que no necesitamos y siendo honestos. Aunque quizá la tarea más urgente sea atrevernos a preguntarle a Juan el Bautista qué debemos hacer y estar dispuestos a confrontarnos con la verdad del Evangelio.

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