Evangelio 4º Domingo de Adviento, C

¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a verme?

Lc 1, 39-45

En aquellos días, María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea y, entrando en la casa de Zacarías, saludó a Isabel. En cuanto ésta oyó el saludo de María, la criatura saltó en su seno.

Entonces Isabel quedó llena del Espíritu Santo y, levantando la voz, exclamó: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a verme? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno. Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor”.

Palabra del Señor

Bendiciones y alegrías

Domingo cuarto de Adviento (Lucas 1, 39-45)

Homilía Dominical: Fray Benjamín Monroy, OFM

Al parecer, los lugares donde se decide el curso de la historia están muy lejos de nuestra vida cotidiana. Gente poderosa se reúne —en nuestro país y en el mundo— en “cumbres” muy publicitadas para tomar decisiones que afectan nuestras vidas. En la toma de estas decisiones no participamos ni con una mínima parte.

Sin embargo, a Dios se le ha “ocurrido” otra cosa. El gran acontecimiento que partió la historia en dos —en un antes y un después de Cristo— sucedió de manera diferente. Los personajes y los lugares que forman parte de esta “otra historia” son insignificantes desde el punto de vista humano. Una de las protagonistas, Isabel, se pregunta: “¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a verme?”. La pregunta ¿quién soy yo? expresa la conciencia de la propia pequeñez. Y la respuesta de María, “hágase en mí según tu palabra”, sucede luego de un diálogo con el mensajero divino.

Hoy recordamos, una vez más, que al entrar en la historia como un ser humano, Dios no se dirige primeramente a los grandes de este mundo, ni llega a través de los centros de poder de aquel tiempo (Jerusalén, Roma, Atenas) desde los cuales, piensan algunos grupos católicos, se puede tener una influencia más poderosa y eficaz. Dios piensa de otra manera. Le gusta elegir lugares desprovistos de poder y gente insignificante (Lourdes, Fátima, el Tepeyac). Y es que para Dios cada ser humano es un “gran personaje”, el más importante del mundo, y cada pequeño rincón perdido de la tierra es para Él el centro del universo.

El evangelio nos ha traído este domingo el encuentro de dos mujeres sin prestigio ni relevancia en la sociedad de aquel tiempo, María e Isabel, que llevan en sus vientres el milagro de la vida que florece. El encuentro está caracterizado por la alegría y la bendición. Estas mujeres no se dedican a quejarse por lo mal que están las cosas, ni a criticar amargamente a los invasores romanos o a las corruptas autoridades políticas y religiosas judías. El diálogo está caracterizado por las bendiciones. Isabel recibe de María —sin palabras— la bendición de la simple presencia del Verbo de Dios en su seno. Isabel se llena de alegría y exclama: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!”. Bendiciones van y bendiciones vienen.

Tenemos muchas razones para quejarnos. Podemos quejarnos de lo mal que está el mundo. Los predicadores nos quejamos de que el consumismo ha secuestrado el verdadero espíritu de la Navidad. Esta queja, tan repetida hasta el cansancio, acaba siendo una excusa. Ninguna actividad comercial puede secuestrar el sentido profundo de la Navidad si nosotros los cristianos la vivimos desde la Palabra de Dios. Concretamente, el evangelio de hoy nos invita a propiciar encuentros positivos en los cuales dominen las bendiciones; encuentros guiados por la generosidad, la capacidad de sacrificarnos por los demás, la voluntad de compartir los dones que hemos recibido.

María no piensa en ella misma, ni tal vez en las pocas ganas de ponerse en camino debido a su embarazo. ¿Por qué no llenar esta semana de pequeños gestos de amor como el de María? Estos gestos cotidianos de amor ensanchen el alma para que el Hijo de Dios pueda tener en nosotros un “pesebre” acogedor dónde renacer.

María e Isabel muestran lo que sucede cuando Dios llega a aquellas personas que tienen ansias de verlo. En el Espíritu descubren, quizá sin darse cuenta, la presencia del Señor en las realidades más sencillas y cotidianas. Y, cuando se descubre esa Presencia, se produce la explosión de alegría: “El niño saltó de gozo en mi seno”.

El homenaje a María —“Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor”— es también una invitación para nosotros hoy. Una invitación a ser sencillos y abiertos a Dios. ¡Ni siquiera sospechamos lo que acontecería si fuéramos así! Cuando hacemos nuestra la invitación, el texto adquiere un nuevo e insospechado sentido y, con él, la posibilidad de que lo imposible sea posible. ¡Qué bella es la existencia cuando Dios se transparenta gracias a un ser humano permeable a Él!

A las puertas de Navidad comprendemos, en este Año de la Fe, que la fe nos hace experimentar la alegría, el asombro, la gratitud y nos “pone en camino” para compartir esta bendición con quienes nos necesitan.

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