Demos testimonio de nuestra fe con nuestra vida
29 de enero de 2012
Domingo cuarto
Homilía Dominical: Fray Benjamín Monroy, OFM
Hace algunos meses vi impresa en la camiseta de un joven esta leyenda: “No leyes – no reglas”. Las reglas, la autoridad, se ven como un ataque a la libertad. Existe hoy una crisis de autoridad. Los padres, los profesores, los gobernantes se quejan de que han perdido autoridad.
Pero es un hecho que la sociedad no funciona sin una autoridad clara y definida. Los hombres y mujeres tenemos una tendencia al caos y sin una autoridad nos hundimos en el desorden. Sin reglas de tránsito, el tráfico sería un caos. Si un entrenador de fut bol pierde autoridad, un jugador o un grupo de jugadores manipulan el equipo. Si un adolescente rechaza la autoridad paterna, encontrará un líder callejero que lo manipule.
Pero hay maneras y maneras de ejercer la autoridad. A veces, se ejerce con arrogancia, a través de la fuerza y de la imposición. Con mucha frecuencia la autoridad no está puesta al servicio del bien común, sino de los intereses particulares de un grupo. Con frecuencia la autoridad jurídica no va acompañada de la autoridad moral.
Jesús de Nazaret aparece en el relato de hoy como un hombre lleno de autoridad. Por dos veces se dice que tenía una autoridad nueva y diferente. ¿Cuál era la novedad de Jesús?
Jesús no dispone de policía ni de ejércitos ni de jueces que apliquen sus leyes. Le acompaña un grupito de gente simple y sin estudios especiales. Se acerca a la gente sin ningún protocolo para darles a Dios. Habla de Dios porque es lo que lleva en el corazón. Su Dios no es lejano y amenazador, sino un Padre cercano, lleno de misericordia y perdón. Es un Dios que quiere la vida y no la muerte. En la simplicidad y en la transparencia de las palabras y de los gesto de Jesús se revela el poder y la autoridad de Dios. El poder de Jesús es el poder de Dios.
Por eso, su autoridad amplía el horizonte, crea espacios de libertad y lugares de comunión, ayuda a crecer, a salir de todo aquello que esclaviza.
Nuevamente comprobamos que el cristianismo no es una bella teoría sobre Dios, sino la fuerza de Dios en el mundo, manifestada en la liberación del mal que todos llevamos en lo más íntimo de nuestro ser y manifestamos al exterior.
La palabra de Jesús tiene poder. Basta que le diga al espíritu impuro: “Cállate y sal de él” para que aquel hombre enfermo quede libre del mal que le oprime. Desafortunadamente, hoy no es frecuente escuchar palabras que tengan el peso suficiente para calarnos hasta el fondo, curarnos y liberarnos. Nuestra sociedad —que todo lo comercializa— ha comercializado la palabra y la ha convertido en una ciencia para manipular y esclavizar a las masas. La comercialización de la palabra la podemos ver, entre otras cosas, en las técnicas de la propaganda, llevadas en ocasiones hasta el absurdo en los anuncios comerciales y durante las campañas electorales.
Pero la fuerza auténtica de la palabra la encontramos en las actitudes del que habla, en el mundo interior que manifiesta, en la vida que palpita detrás de esas palabras. ¿Queremos comunicar fe? Seamos creyentes. ¿Queremos descubrir la salvación a los demás? Experimentemos la salvación. ¿Queremos comunicar el amor de Dios? Llenemos nuestro corazón de su ternura y su Amor
Siempre que hablamos en nombre de Dios y tratamos de ser fieles a su Palabra, hablamos con autoridad. No con la nuestra: es la autoridad de Dios la que da fuerza a nuestras palabras. Siempre que damos testimonio de nuestra fe con nuestra vida, Dios habla a través nuestro y nuestras palabras participan de la misma autoridad de Jesús.
Es de sobra conocido que la Iglesia tiene poder. A veces nos limitamos a considerar el poder terrenal que tiene y escandalizarnos de él. Pero ¿cuál es el verdadero poder de la Iglesia? Es el poder de dar la vida de Dios en el Bautismo y en la Eucaristía, el poder de perdonar y reconciliar, el de anunciar la Palabra de Dios con autoridad, el de sanar las heridas… Son cosas de las que estamos muy necesitados y que nos hacen mucho bien.
Pero es necesario que exista coherencia en la predicación y la acción de Iglesia. Si la Iglesia predica misericordia, debe ser misericordiosa; si predica justicia, debe ser justa; si predica acogida y cercanía, debe ser cercana y acogedora; si predica humildad y servicio, especialmente a los más necesitados, debe ser humilde y servidora de los últimos; si dice que es discípula de Cristo, debe vivir al estilo de Cristo y según su Espíritu. Y como todos los bautizados somos Iglesia, todos debemos actuar así.
No basta con leer y escuchar el Evangelio cada semana en las misas de domingo. Pidamos a Dios sabiduría para llevar con autoridad y poder la Buena Noticia a este mundo que cambia tan rápidamente. Jesús no nos ha dejado un manual con recetas para todos los problemas de la existencia, sino una vida y unos principios para que, en cada tiempo histórico, encontremos respuestas a esta realidad tan cambiante.





